La inmensa red de organizaciones y movimientos sociales progresistas que
nacieron en los 90 para oponerse al ALCA deben reorientar sus estrategias en esta época de centroizquierda en latinoamérica.
Gonzalo Berrón es un argentino que vive en São Paulo desde hace cinco años. Vino a estudiar una maestría de Ciencia Política en una universidad paulista y a trabajar como asesor internacional del partido de centroizquierda que gobernaba en la Argentina aliado a un presidente de derecha. Pensaba quedarse en Brasil un par de años, pero en el medio estalló la crisis argentina del 2001. De un saque Berrón perdió sus ingresos, sus contactos con el poder y sus ganas de volver. Entonces encontró su lugar aquí, en São Paulo, en estas oficinas donde me recibe, que nada tienen que envidiarle a la de una importante multinacional: monitores plasmas, conexión inalámbrica, pisos impecablemente alfombrados y muebles importados. Minimalismo con conciencia social y financiamiento europeo: así funciona la Alianza Social Continental, donde Berrón ocupa el cargo de coordinador de la Secretaría General. Y así da gusto luchar contra las desigualdades.
Berrón está cansado: vive la mitad de sus días arriba de un avión. Habían pasado muy pocas horas desde que aterrizara en São Paulo y ya estaba recibiendo a un grupo de jóvenes sindicalistas cubanos, venezolanos y brasileños que habían llegado a visitarlo para participar en un seminario sobre la Organización Mundial de Comercio. Una semana antes, había volado a Bolivia para tener otra maratón de entrevistas: campesinos ecuatorianos, trabajadores uruguayos, ambientalistas chilenos y piqueteros argentinos querían saber cómo iba a organizarse la Cumbre Social por la Integración de los Pueblos en Cochabamba.
Pero ya no protesta tanto. Y eso, de alguna manera, lo inquieta.