Alejandro Aravena
Tras descubrir las ventajas creativas de la escasez en un taller de Harvard, se convirtió en un referente mundial de la vivienda social.
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Alejandro Aravena Mori asegura que una obra de arquitectura debe ser espejo y manto. Espejo para condensar los discursos de la sociedad, para resistir la mirada del observador; y manto para desaparecer, porque eso pasa cuando la obra está bien hecha: debe desaparecer.
“Nos damos cuenta del diseño cuando falla; si está bien hecho no le ponemos atención”, me dice este arquitecto chileno, referente mundial de la vivienda social.
Los croquis de los proyectos de Alejandro Aravena recuerdan dibujos de niños. Figuras simples, líneas limpias, formas a medio hacer que el observador debe completar. Ese aparente desorden en sus dibujos nos recuerda a él, a ese look de cuidada despreocupación que pasea por las páginas de las revistas y las pantallas de la televisión, de jeans gastados y chaqueta deshilachada de fábrica; de ojos claros y pelo desarreglado con peineta. A primera vista parece un estudiante universitario más que académico, y de ningún modo representa sus 39 años.
La revista Arquitectura de Autor, de la Universidad de Navarra, dijo que la obra de Alejandro Aravena es “un trabajo que busca realizarse con cierta precariedad de medios, en una consciente huida de la opulencia de la sociedad contemporánea, tan propicia a reclamar obras singulares de arquitectos del mundo mediático”.
A pesar de esa búsqueda por lo simple, conocer a Aravena puede resultar bastante complicado. Conversamos entre uno de sus viajes a Estados Unidos y otro a Europa. Antes, durante y después, intercambiamos otros detalles vía correo electrónico: “Voy a tener que salir de Santiago… ¿Podemos hacer las respuestas por mail? Voy a tener muchas horas muertas de aeropuerto… Perdona… ¿ah?”.
Entonces visité sus obras. Por ejemplo, el ala nueva de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica. Se trata de una estructura de acero, aluminio y vidrio en medio de una casona de adobe y tejas del siglo XVIII.
“Es un edificio simple, sin un gesto de más, con una geometría espartana. Remodelado con materiales sencillos… Utilizando negro, blanco y gris en su mobiliario, con una falta absoluta de terminaciones. Una obra casi incorpórea, apenas un reflejo en el paisaje”, dice Hans Mühr, director de Infraestructura y Desarrollo Físico de la UC. Un croquis. Translúcido, sugerente más que evidente.
Mientras se somete a la sesión de fotografía justo delante del edificio, Aravena recuerda con un dejo de orgullo cómo lo levantaron, a pesar de contar con pocos pesos. El desafío era doble: al escaso presupuesto se agregaba una valla extra, allí se enseñaría arquitectura.
A 1.900 kilómetros al norte de la casona de la Facultad de Arquitectura de la UC, en pleno centro de Iquique, sobre un terreno de media hectárea llamado Quinta Monroy, se alza, si no la obra maestra de Aravena, al menos la que lo lanzó a la fama. Hasta el 2004, Quinta Monroy, con su centenar de familias, era uno de los 453 campamentos (el equivalente chileno a las villas miserias o las favelas) de personas a las que, en pleno siglo XXI, aún no les ha chorreado la prosperidad económica de la que tanto se ufana Chile.
Dos años más tarde, Quinta Monroy se llama Conjunto Habitacional Violeta Parra y es la última moda en vivienda social. Gracias al diseño de Aravena y de una cooperativa de arquitectos llamada Elemental, más el apoyo de la Universidad de Harvard y un subsidio estatal, las casas se construyeron por una fracción de lo que costaban otras viviendas similares, los terrenos se valorizaron, y Aravena se alzaba con el primer premio de la XV Bienal de Arquitectura de Santiago.
Aravena se lo tomó con calma. “Al mismo tiempo que ganamos la Bienal, Germán del Solo, el flamante Premio Nacional de Arquitectura, dijo que la vivienda social no era arquitectura. Eso expresa la esquizofrenia de esta profesión.”
Quinta Monroy fue su primer acercamiento a la vivienda social. Hasta entonces, su currículo incluía encargos de la Universidad Católica, un colegio particular o la casa-taller de una escultora.
Fue en Harvard ―el año 2000― donde Aravena descubrió que en las restricciones estaban sus ventajas comparativas. Como no podía aportar en materia de tecnología de punta aplicada a la arquitectura, buscó por el lado opuesto. “Hay un límite en la disciplina que está exactamente al otro lado: en vez de ir a la última palabra, ir a la primera”, explica. Así ideó un taller de vivienda de emergencia. “Si en algo uno puede tener algo interesante que decir, es en la escasez, porque todos los otros trabajan en la abundancia.”
El desafío de Quinta Monroy no era menor: radicar a cien familias de Iquique en cinco mil metros cuadrados, en un terreno céntrico que valía tres veces más de lo que el Estado paga por los sitios para viviendas sociales, y así evitar la erradicación a la periferia. Para eso se contaba con un subsidio estatal de US$ 7.500 por familia que debía alcanzar para pagar el terreno, urbanizar y construir.
Ese presupuesto cubría sólo 30 metros cuadrados: la mitad de una casa. La respuesta fue pensar en el conjunto: en vez de calcular cuánto podían hacer con US$7.500 por casa, se preguntaron cuánto podían hacer con US$750.000 para un barrio.
El proceso para solucionarlo fue participativo, con la comunidad. En conjunto resolvieron qué sacrificar para poder radicarse. “Lo más significativo de ese proyecto”, dice Aravena, “es que está en el centro de Iquique. Una familia que no ha roto redes sociales ni redes laborales puede invertir en su casa. El suelo es tremendamente incidente en una política de la vivienda, para que ésta pueda ser vista como una inversión y no como un gasto.”
La lógica es simple: la casa es un bien duradero. Por lo tanto, la apuesta es a que se valorice. “Para que una vivienda sea vista como una inversión”, dice Aravena, “tiene que ocurrir lo que nos pasa a todos cuando nos compramos una casa: que cada día valga más. Y en las viviendas sociales eso no ocurre. Y el factor número uno para que una vivienda se valorice en el tiempo es su localización. Una familia, independientemente de su condición social, necesita estar lo más cerca posible de la red de oportunidades que está presente en los barrios residenciales bien ubicados, pero no en la periferia pobre.”
Los habitantes de la ex Quinta Monroy parecen bastante conformes con el resultado. “Todos estamos bien, porque vivimos en comunidad, nos conocemos, sabemos lo que hace cada uno de nosotros; antes en la Quinta Monroy estábamos distribuidos, no lográbamos vernos seguido.”
Aravena, seguramente, tiene lugares más queridos que la ex Quinta Monroy. Más atados a sus recuerdos. Pero eso es un espacio al cual este arquitecto no abre la ventana. Sólo sabemos que su esposa se llama Gica y sus hijos, Américo y Malú. No le desagrada moverse en esa cornisa entre ser aplaudido por sus pares y el bajo perfil; ha dicho que prefiere hablar por sus obras antes que dar entrevistas, pero las acepta con buena voluntad y mucha concentración, como si fueran parte de la tarea. Pero una tarea a la que no le hace el quite. Mal que mal, lo seduce estar ahí donde pueda marcar la agenda. Por eso no es de extrañar que prefiera ser citado en The Economist que en cualquier revista arquitectónica. O que aparezca en Contacto, el respetado programa de reportajes de Canal 13 que se emite en horario prime, donde fue entrevistado en octubre.
El campus San Joaquín de la Universidad Católica se encuentra en la avenida Vicuña Mackenna 4860, una de las arterias que alimentan la ciudad de Santiago desde el sur de la capital. El campus es una pequeña ciudad, con calles, cruces peatonales, mucha gente y muchos edificios. Dos de ellos son obra de Alejandro Aravena. El primero uno lo ve desde el Metro, que en esa parte del trayecto transita por la superficie. Es una especie de “Y” irregular que se asoma entre los árboles del campus. Son las llamadas Torres Siamesas. La estructura de nueve pisos, a simple vista, es de vidrio y perfiles de aluminio. Sin embargo, si aguzamos la mirada, vemos que es sólo la cáscara de la estructura sólida que alberga los laboratorios de computación.
La estructura de vidrio que envuelve el edificio regula la temperatura y la luz. Las puertas de ingreso a las salas de clases se adivinan en los paneles de madera que recubren algunos de los muros interiores. Manto. La cara del edificio que da al oriente tiene un juego de rampas encontradas y cubiertas también de tablones de madera, que contrastan con el vidrio que parece una tela que cubre la estructura.
Al edificio se ingresa por un zócalo de tablones de madera que atrapan tacones y se arquean rebeldes sobre el suelo. Muchos alumnos se han quejado de la poca funcionalidad del edificio. Aravena dice que es el resultado de las ecuaciones que tenía que resolver: “¿Qué alternativa tengo? ¿Cemento en vez de madera? No se van a poder sentar, y el cemento no se puede levantar para reparar las grietas. ¿Pasto? Se filtra. ¿Madera lisa? Se tuerce y no alcanza la plata. ¿Qué queda? ¿Zinc? Se calienta y no se puede pisar”.
Algunos metros más al sur de las Torres Siamesas, a la izquierda, nos encontramos con la Facultad de Matemáticas, otra de las obras de Aravena. El edificio responde a los cánones tradicionales de instalación universitaria: de pocos pisos, con una entrada más alta y más irregular que mezcla hormigón, vidrio y madera. La fachada abre ventanas que parecen pequeñas rendijas por donde espiamos alguna clase en curso. La disposición de las ventanas es irregular, como en un sube y baja, como siguiendo el movimiento de una oruga.
El último piso está forrado de ventanales más angostos que anchos, cuyo contenido se esconde detrás de persianas. A lo lejos se oye el murmullo desordenado de las áreas deportivas del campus: pitazos, rebotes de balones y el rechinar de las zapatillas en el parquet se confunden con los pájaros, algunos autos y las conversaciones de los estudiantes.
Bajamos hacia la biblioteca por unas escaleras que remiten a giros laberínticos e irregulares. Un camino zigzagueante. Que aparece y desaparece. Un manto y espejo de su autor.
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