Por Sergio Vilela
Leonardo González
Perú es el segundo país con más variedades de aves en el mundo, con unas mil setecientas especies. Muchas anidan en la Reserva Nacional de Paracas, un paraíso que este biólogo quisiera preservar.
Las reservas ecológicas existen para subrayar en los mapas del mundo lo poco que nos falta por arruinar. Y sirven también para sospechar de la civilización. Son las seis de la mañana en Paracas y el biólogo Leonardo González estaciona su camioneta, a unos metros de la carretera, en medio de la nada. Ha conducido durante cuatro horas en dirección al sur, a doscientos cincuenta kilómetros de Lima y de sus ocho millones de habitantes. El sol asoma y amenaza con incendiar este desierto costero en el que no hay ni camellos ni petróleo. La inmensidad aplasta. González saca de la camioneta su largavista y señala una lejana torre de madera que se yergue solitaria sobre la alfombra de arena.
Dice que debemos caminar hacia allá. Hacia el mirador de aves de la Reserva Nacional de Paracas: trescientas mil hectáreas de mar y tierra firme donde más de mil quinientas especies ni sospechan que otros seres vivos hemos decidido acabar con el Planeta. Un cartel reza que ésta es una zona de protección estricta y que nadie puede avanzar más allá del mirador. Aquí las aves son las que mandan.
–Cuando uno depreda, ¿qué crees que hace la naturaleza? –dice González alzando las cejas–. Se regenera y trata de hacerlo de inmediato. Pero no le damos tiempo suficiente y la volvemos a depredar –explica.
Leonardo González es un joven biólogo amante de la sabiduría de las plantas, las aves y los gusanos. En el garaje de su casa guarda unas cajas en las que cría larvas a las que alimenta con avena. Dice que son proteínas puras y por eso las come sin asco. También las vende por kilos cuando junta suficientes.
–Yo juego a tener un planeta en una caja. Puedo controlar todo el ecosistema de mis gusanos. Es como jugar a ser Dios –dice con sencillez.
Todas las mañanas al levantarse bebe un trago de kombusha, que es un líquido amarillo sobre el que flota un hongo, y que es bueno para la digestión, según cuenta. En su refrigerador guarda otros experimentos vivientes y a veces lleva en el bolsillo un tubo de ensayo con alguna bacteria cuya evolución está observando.
–Si te das cuenta –dice él–, nunca nos detenemos a mirar nada. Y en todos lados hay vida. Todo a nuestro alrededor está vivo.
Es cierto. Si vas de excursión a algún rincón de tu casa descubres toda una fauna de bichos y los fumigas sin mirar. Si vas al campo odias a los mosquitos. Si caminas por el desierto maldices porque no hay aire acondicionado. Desde la ciudad la naturaleza es rural, precaria, trabajosa. Basta con unos días de vacaciones en el campo para extrañar la comodidad sintética del hogar.
González tiene veintiséis años, es un tipo atlético que suele andar en sandalias de playa, shorts con muchos bolsillos y camisas de manga corta. Hace tiempo que escapó de la ciudad y se mudó a cuarenta kilómetros al sur de Lima, a vivir en la playa todo el año, al lado del mar. No le importa conducir una hora todos los días rumbo a la ciudad. Recuerda que desde niño corrió olas sobre una tabla. A los catorce años empezó a hacer canotaje, después escalada en roca, y más tarde aprendió a volar. Al tiempo se compró su propio parapente. Un día cogió su mochila, compró un boleto a Johannesburgo, y dejó por un año la universidad. No quería que le contaran cómo era África, quería verla. Estuvo en Zambia y Zimbawe, navegó con su kayak en el Nilo, cruzó Lesotho, Tanzania y Kenia, llegó a Uganda y después a Etiopía. Lo atacó la malaria y supo que iba a morir. Pero se salvó por poco. Ahora combina el deporte con la biología y viaja por todo el país con su programa de televisión llamado “Perú Aventura”. Hace unos meses estuvo internado en otra reserva natural de la selva con un equipo de National Geographic, contemplando en la quietud de las plantas cosas que los demás no alcanzamos a ver porque no nos detenemos ni a mirar el jardín. Los biólogos parecen estar perdiendo el tiempo cuando observan la nada. Pero no es así.
A medida que González se acerca al mirador, una nube formada por unas diez mil aves aparece con brutal nitidez. Parecen abejas que vienen a desayunar a este humedal que se ha formado en una de las entradas del mar en la bahía de Paracas. Es una laguna salada donde abunda la comida. González dice que aquí la naturaleza trabaja sin dificultad, y que éste es uno de los ecosistemas marinos más ricos del mundo. Todo parece haber sido calculado. Los grandes se comen a otros pequeños. A su vez esos pequeños se alimentan de otros, y ésos de otros, pero todos conviven. Aquí World Wildlife Fund ha contabilizado treinta especies de mamíferos, setecientas de peces, cuatrocientas de crustáceos, mil de moluscos, casi doscientas de algas, y la misma cantidad de variedades de aves. Cuando uno piensa en ellas descubre que sólo tiene un par de palabras en su vocabulario: pelícanos, flamencos, palomas, garzas, patos. Pero a través de los binoculares es fácil sentirse un ignorante. González señala una por una. Las llama por sus nombres con familiaridad. Son demasiadas: los piqueros, parecidos a las palomas pero con pico de cisne; los guanayes, primos de las gaviotas pero más grandes; los osteros negros, con el pico carmín y las patas de gallo; los cholos semipalmados, compactos y enanos. Uno podría pasar días enteros en el mirador y seguiría reconociendo distintas familias cada vez. Bajo el agua hay la misma diversidad inalcanzable: delfines, lobos de mar, tortugas. Incluso se halla el banco natural de mariscos más abundante de toda la costa peruana. Basta meter la mano en el mar para recoger conchas de abanico como si fueran piedras. Eso era lo que hacían los primeros pobladores preincaicos, que se asentaron en esta zona siete siglos antes de Cristo. Bajamos del mirador y volvemos a la camioneta.
El Perú es el segundo país con más variedades de aves en el mundo, con unas mil setecientas especies. Por eso la Reserva Nacional de Paracas es un paraíso para los amantes de los pájaros.
–Es gente que viene aquí de todo el mundo –dice el biólogo mientras se sube a la camioneta–. Llegan con sus libros de fotos, de las aves que les falta ver, y se sientan horas a esperar que aparezcan.
Por eso se armó un lío cuando en el año 2000 una compañía petrolera trasnacional anunció que planeaba invertir ciento cuarenta millones de dólares en la construcción de una plataforma en el mar. El propósito era que sus buques pudieran cargar el gas que extraerían del subsuelo de Camisea, cerca de la ciudad del Cuzco, y que llegaría hasta allí a través de un gasoducto de quinientos kilómetros. Cinco años después la plataforma está ahí, a pocos kilómetros de la Reserva Nacional de Paracas, como una silenciosa amenaza que sin duda cumple con los estándares internacionales de seguridad. La industria versus la naturaleza. Los estudios de impacto ambiental versus el medio ambiente. En septiembre de 2005, el día en que la reserva cumplió treinta años de fundada, la misma compañía petrolera colaboró en la compra de una embarcación que ayudaría a patrullar el mar de Paracas. Que ayudaría a preservar la naturaleza. Una flota de buques cargueros versus una bandada de pájaros. ¿Quién da más?
El motor de la lancha hace suficiente ruido como para espantar a cualquier especie. Llevamos cuarenta minutos avanzando sobre el mar a toda velocidad. Hace un rato nos detuvimos frente al enorme candelabro que alguien dibujó en una loma de Paracas, hace más de tres siglos, y que se mantiene intacto. Algunos dicen que era un símbolo que mandó a dibujar el libertador José de San Martín, quien desembarcó en Paracas, durante el otoño de 1820. Dicen que fue aquí donde, al ver al flamenco blanco de alas rojas, llamado parihuana, se le ocurrieron los colores de la bandara peruana. La lancha sigue dando saltos sobre el mar y de pronto, tras una cortina de niebla, aparecen dos gigantescos promontorios. Son las Islas Ballestas, tan imponentes como dos rocas sumergidas en un charco. Los chillidos de las aves aumentan de volumen.
–Las aves pueden todo: caminar, bucear, volar –dice el biólogo que también vuela, mientras un excremento que cae del cielo baña a una de las pasajeras. Parece una señal. Quizá no somos bienvenidos.
Al rato el timonel apaga el motor de la lancha en la que van unas veinte personas con chalecos salvavidas naranjas, y se acerca a una pared de roca repleta de aves. Unos pingüinos enanos se asoman a ver quién los ha venido a molestar. Según el último censo quedan sólo ciento cincuenta y corren peligro de desaparecer. La embarcación bordea toda la isla y aparecen los primeros lobos marinos. Gritan como gorilas, como si quisieran que nos larguemos. Es inevitable sentir que uno pertenece a una especie prepotente y entrometida. Pero la lancha sigue avanzando. También hay otros que ni se inmutan y continúan haciendo la siesta. La embarcación sigue bordeando una de las tres islas que conforman el conjunto de las Ballestas, y de pronto aparece frente a la lancha una imagen estremecedora. Ahora no son diez mil aves.
–Al menos debe haber doscientas mil allá arriba –dice González, señalando la pendiente que hay sobre la isla más alejada.
Mientras regresamos a la costa tras dos horas de viaje, el biólogo explica que el éxito de la reserva es que la cadena trófica está completa. Es decir, que no falta quién se coma a quién; si alguno faltara, se rompería el equilibrio. Por eso las aves llegan hasta aquí no sólo para descansar sino para reproducirse, huyendo del invierno boreal, buscando el verano que les asegura comida y calor. La mayoría de las aves que copan las Ballestas son las guaneras, que convirtieron al Perú, en el siglo XIX, en uno de los principales exportadores de fertilizantes a Europa. Aunque fue una época de bonanza que no duró demasiado. Lo que sí duró hasta hoy es la explotación de la anchoveta, un pez no muy grande que se transforma en harina en las enormes fábricas que hacen del Perú el segundo productor a nivel mundial. Las chimeneas de esa industria se ven con claridad desde lancha cuando uno regresa al muelle de Paracas desde las Islas Ballestas. No las pudieron mudar porque estaban allí desde hacía varias décadas.
–Si ves a un lado del mar, ves el desierto limpio. Si ves hacia el otro lado de la bahía, ves las fábricas, la mano del hombre –dice González mientras señala, ya en el malecón, las dos caras de Paracas.
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estoy busacando informacion de construccion para miradores de pajaros. sistemas alternativos si es posble.